martes, diciembre 06, 2016

Los mendigos (Tulio Carella)

Gracias a la ayuda de mi amigo Lucas M. recupero este poema de Tulio Carella titulado Los mendigos. Se publicó en un librito de tirada limitada de 1954, firmado por Carella y el artista Raúl Veroni (actualmente se vende a un precio desorbitado y es difícil de encontrar). Es tan bueno que sobran las palabras. Disfruten.

Quid tamen expectant, Phrygio quos tempus erat
iam more superuacuam cultris abrumpere carnem?
Juvenal, Sat. II

Los mendigos transitan día y noche
por la deshabitada inmensidad
del sexo indiferente.

Este cuenco de manos insaciadas,
insaciables, ansiosas,
que busca en la entrepierna de los vientos
el cerúleo desecho del orgasmo;
este cuenco ofrecido a cada instante
para llenarse con la turbia espera
y con la turbia espera;
este cuenco solícito, sudado,
ardiendo por la tea encarnizada,
cuenco siempre vacío, porque pide
la fuerza que se gasta por sí misma
en su propio ejercicio acompasado.

Los mendigos transitan noche y día
por la deshabitada inmensidad
del enemigo sexo.
En tropel anhelante se declaran
por caminos y plazas y cloacas,
y ensenadas remotas de la escoria,
contra los senos duros de la noche:
allí tropiezan con la carne tensa
—el coral y el marfil de ardiente caño
de donde escancian el licor siniestro.

Los mendigos se acercan tumultuosos,
invaden la ciudad.
Vienen del pozo donde reina el hambre
—hambre de clavel duro—
pozo insomne, sin ángeles ni estrellas.
Estos mendigos que parecen hombres
y ostentan un bigote inoportuno
y pantalones y corbatas tristes,
son mujeres que el sexo han recobrado
en el umbral paterno:
la refractaria vestimenta errada
no duele ya en sus vidas.

Aúllan y suplican, exhibiendo
las carnes en suplicios femeninos
(si: cejas depiladas, colorete,
perfumes incitantes,
invisible el corsé, la falda ausente
envolviendo al mendigo en su ropaje
legítimo, legítimo).
Su gemido lastima las braguetas
y ni la miel ni el vino los consuela:
pocas veces consiguen
el racimo embriagado con sus uvas.

¡Oh, paso enardecido de la hembra,
oh, risa que penetra en los sobacos,
mientras se abre de piernas el crepúsculo!
¡Oh, embriaguez de bacantes
que se esconde en el hueco más remoto
para imitar pudores de doncella
mientras la tarde se recuesta y llora!
¡Qué ardor invulnerable se desata
en esa carne indócil, no fecunda!
¡Qué fuego se alza y gime
y reclama otra carne más secreta!
Suplicio de vinagre que corroe,
incendio inextinguible que no arde,
y compás que procura el equilibrio
en jadeo, sudor y llanto dulce.

¡Y cómo se retuercen los mendigos
implorando la piel que no los calma,
el olor de los cuerpos deslumbrados,
la caricia con porte de neblina,
el tímido placer,
la mirada de amor incandescente!

Los mendigos se emboscan
en los hondos recodos de la sombra,
e imploran a los padres de los vicios
el gusto ignominioso del deleite.
Por las calles indagan, desgarrados,
se asoman a los cuerpos, sin recato,
observan la algazara de las ingles
y piden esponsales fugitivos.
¡Qué rosas tristes su camino agosta!
¡qué indignación sensata
despiertan en los cuerpos reclamados
para gozar del estallido sumo!

Poderosos señores con su cuenco
mendigan al obrero de la carne
—mercaderes que cambian sus lascivias—.
Mendigan periodistas y pintores,
empleados y frailes y ministros,
y el pobre con su gracia picaresca.
Trafican con dinero, con pasión,
con la esperanza que se yergue inmóvil
en el centro celeste de sus seres,
y un sólo afán los acompasa: el ritmo
silencioso que exigen
a Venus en la arena del deseo.

Hay también los mendigos subrepticios
que accionan con el cuerpo interrogante,
o acercan la furtiva mano helada
al cuerpo inaccesible,
o piden desde lejos, temerosos,
con ojos transitorios.
Y aquellos fariseos, embozados,
que empuñan sus mujeres y en secreto
el frenesí prohibido solicitan
y en el solaz viscoso, solitarios,
agotan a gendarmes y lacayos.

Por negros prados los mendigos crecen,
por terrazas de llanto se revelan,
por playas lentas se decoran de algas
y por asfaltos y cornisas vuelan
y bordan en la brisa sus anémonas.
Envidian a Julieta y aún a Ofelia
en la pálida orilla de la muerte,
y a Desdémona amada
por el celo asfixiante del marido,
y a la mucama con preñez reciente,
y a las mujeres que se pierden, hoscas,
por el hombre indudable.

Sus telarañas por las calles tejen
los mendigos y acechan
al atleta de torso sobrehumano,
al boxeador con llamas en el golpe;
buscan el muslo ardido del ciclista,
el cuerpo soñador de los muchachos,
del rústico dormido,
del viajero en los trenes negligentes
y todo pantalón con sexo propio.
La tiniebla del cine los ampara
y el marinero, el soldado, el provinciano,
el esposo imprudente o fugitivo,
el inocente joven con su fuego,
el novio apasionado en los zaguanes,
con fiebre desdeñosa les responden
a veces, otorgando negligentes,
la calavera de la flor abierta
para el polen nupcial de una quimera.

Agazapados los mendigos piden.
En vano, amor, en vano te reclaman;
te ocultas al pedido del durazno
y al corazón que se derrite siempre:
el fuego serpentino que ilumina y
aproxima los cuerpos a los cuerpos
llevándolos al cielo y a la estrella,
los despierta en el lodo inextinguible.

Si: los mendigos de sinuoso andar
en las corolas de la sombra piden,
inclinan la testuz,
se arrodillan al monstruo apetecido,
sagrado monstruo que los preña de odio
con el líquido amargo del error
y les deja en la lengua gusto a infierno.

El estéril bajío ya inundado
por las salobres aguas del amor,
no se calma: es la espuela que lacera
y otra vez los empuja hacia el camino,
a la deshabitada inmensidad
del sexo indiferente,
con los cuerpos abiertos de codicia.
Y la invisible cola de sus trajes
de novias inmutables
con paso remolón o paso esquivo
arrastran falsamente pudorosos,
mostrando la mujer que se dibuja
en el perfil —angustia— del deseo.

tendebantque manus ripae ulterioris amore.
Virgilio

Referencia: Ediciones del Agua (Francisco A. Colombo editor), Buenos Aires, 1954.

jueves, noviembre 24, 2016

Tabla de resentidos


Yo le doy importancia a esas cosas: las comas, los acentos o los puntos pueden hacer una gran diferencia. Las comillas también. En el cuaderno de notas repaso cada frase que escribo, luego corrijo. Prefiero el cuaderno al idioma de las señas. La mímica de los sordomudos me repugna. Hace años hice una lista con las cosas que me asqueaban, pero después me di cuenta de que lo que había hecho era una tabla de resentidos, con varias escalas según la falla, y la titulé igual: “Tabla de Resentidos”. La anoto en presente porque creo que sigue teniendo importancia: el primer lugar es para los rengos, no hay nada más atravesado que un rengo. Son irrecuperables. Después están los petisos, que tapan el resentimiento con prepotencia y soberbia. Siguen los sordos, que tienen un resentimiento disimulado en el mal humor; a continuación vienen los sordomudos, un poco menos infames porque el resentimiento lo disimulan entre varios. Si uno les presta atención va a notar que los sordomudos casi siempre andan en grupo, por eso parecen más llevaderos. Pero hay que desconfiarles, llevaderos en plural es palabra peligrosa. Los resentidos del quinto lugar son los paralíticos, que se hacen los amables pero son controladores y dominantes, de lo peor. Siguen los ciegos. Se manifiestan cálidos y babosos, pero siempre traicioneros. Un baboso que no ve es doblemente baboso. A los mancos de nacimiento nunca los anoté porque es una variedad rara, pero yo conocí a uno con el brazo esmirriado y reseco que era puro rencor. Robertito se llamaba, aunque al diminutivo se lo pusimos por temor. El miedo se vale de los diminutivos. Después vienen los tuertos, son los más difíciles porque escasean. A los tuertos la maldad resentida se Ies va en soberbia, nunca supe por qué. La escala de resentidos funciona si no hay lástima; si uno le pone un poco de lástima, se viene abajo. No sirve. En los cuadernos yo anoto estas cosas para no tenerme lástima. En los mudos solos me anoté yo: Rolando puse y nada más. Algunos cuadernos son más importantes que otros.
En Báñez, Gabriel (2008), La cisura de Rolando, Buenos Aires, El Ateneo, pp. 12-14.

viernes, noviembre 04, 2016

La larga noche de Francisco Sanctis en el cine

En este blog hemos insistido varias veces en el nombre de Humberto Costantini y su obra. Por lo tanto, la adaptación cinematográfica de su novela La larga noche de Francisco Sanctis es un motivo de atención y difusión. Copio la gacetilla e invito a leer la novela de Costantini (aunque quizás no alcanza a De dioses, hombrecitos y policías) y a mirar la película.


Pensar con las manos p r e s e n t a

LA LARGA NOCHE
DE FRANCISCO SANCTIS
una película de
Andrea Testa y Francisco Márquez


Seleccionada para Un Certain Regard del Festival de Cannes 2016 (11 al 22 de mayo)

En competencia internacional del BAFICI 2016

SINOPSIS:
Francisco Sanctis (45), un hombre sin compromiso político, recibe en plena dictadura militar la información precisa de dos personas que van a ser secuestradas por el ejército. Esa misma noche Francisco tiene que tomar la decisión: ¿Arriesgará su vida para intentar salvar la de dos desconocidos?

ACTÚAN:
Diego Velázquez, Laura Paredes, Valeria Lois,
Marcelo Subiotto y Rafael Federman.

FUNCIONES:

Viernes 15, a las 21.50hs, en Village Recoleta 09
Sábado 16, a las 16.15hs, en Village Recoleta 09
Lunes 18, a las 20.40hs, en ArteMultiplex Belgrano 1

Trailer de la película, acá

miércoles, octubre 12, 2016

Entrevista a Néstor Sánchez por Reynaldo Mariani en ARTiempo (1969)

Gracias al amigo F. Barea, recupero esta entevista a Néstor Sánchez realizada por el poeta Reynaldo Mariani en la revista ARTiempo en 1969. Como siempre, Sánchez despliega su mirada crítica sobre la literatura y el campo cultural a fines de la década del 60, tras haber terminado Cómico de la lengua y proponiendo de modo conciente una literatura distinta, incómoda, antiliteraria. Que la disfruten!

Néstor Sánchez: Raconto a partir de un solo de flauta

ALGUNAS COSAS DE ESPALDAS A LOS SOCIÓLOGOS SIN EMPLEO

Néstor Sánchez, un libro de cuentos del que no quiere oír hablar, dos novelas (Nosotros dos y Siberia blues, 1966 y 1967, respectivamente), difícilmente olvidables, El libro negro del humor de antología (1968 en colaboración con Dolores Sierra), es un novelista nato y un ser humano con una permanente expresión de sorpresa impresa en el rostro. Una expresión que consigue reflejar toda la enorme capacidad de asombro que Sánchez lleva en su interioridad, y que le permite, de pronto, romper la bolsa de sus silencios y derramar su contenido de enormes risotadas enronquecidas, en medio de la devota lectura de un poema de Cendrars, mientras estalla en un “!Qué bárbaro! ¡Qué bárbaro!” o en uno de sus prolongados “¡Qué maravilla!” ante un solo de los de Coltrane.
Néstor Sánchez, tras desaparecer por nueve meses: (“Estaba escribiendo una novelita”), abre la puerta, entre sorprendido y avergonzado por el olvido de la cita y por un interrumpido ensayo de flauta, amante a la que ahora dedica toda su pasión. Entretanto vigila algo que se fríe en la cocina.
―¿Es que el novelista Sánchez no escribe más, acaso? ¿O se está proponiendo una nueva relación entre las palabras y las notas?
―Es una pregunta que hace dar ganas de tragarse la flauta y pedir perdón. Por ahora no paso de Mozart y algunos diletantes, sobre todo anónimos; sin embargo pienso seriamente en la música como actividad que no quiero abandonar más. Algo así como el festejo interminable de una ley. Y entonces la mayor parte de la literatura que leo me parece condenada a Descartes, me suena a declamación, mentira, etcétera.
―Supimos que está escribiendo una nueva novela.
―Sí. Hace unos veinte días que terminé mi tercera novela que esta vez es larga como las novelas. Entonces me dedico a corregirla: la cuido de día y de noche y la sobo mientras descanso.
―¿Tiene alguna relación con sus libros anteriores?
―Sin haber escrito Nosotros dos y Siberia blues, especialmente esta última, no podría haber escrito éste. Pero la relación casi obsesiva central sigue aproximándose a la búsqueda de lo antiliterario. Quiero decir: procuro escribir a partir de aquello que rechazo como lector interesado, a partir de aquella única cosa que un escritor debe ir aprendiendo y que es lo que no debe hacerse. Claro, además está la necesidad de encontrar un ritmo total en el aliento, una especie de respiración poemática. Pero eso lleva toda la vida.
―¿Qué entiende específicamente por antiliterario?
―Entonces le contesto por la otra punta: toda literatura literaria, todo gesto culterano o pretendidamente ideológico, se nos transforma poco a poco en mentira, en convicción espantosa, en cháchara orgullosa. La literatura literaria, en este sentido, parece no tener límites, tal vez porque cualquiera puede sentarse y escribir de acuerdo con lo que leyó mal, al sentimiento que cree inaugurar, a la pólvora que cree descubrir. Cualquier otra actividad artística requiere una unidad y dedicación que la literatura, por tratarse de palabras, parece obviar. De ahí que todavía se puede asegurar lo que él pensó y lo que ella sentía. Si el acto de la escritura es un acto esencialmente ético, de posible verdad consigo mismo, entonces toda vieja convicción literaria se hace dinosáurica por sí misma, se hace cada día menos soportable.
―¿Cree que lo antiliterario es una tendencia que se está generalizando?
―No sé. Tal vez. Depende del hambre de verdad interior que cada uno encuentra cada día en su Remington. Pero lo que por otra parte sí se está generalizando es la improvisación a toda costa, la gran megalomanía confesional. Declaro aburrirme mucho con casi todo lo que aparece en mi Buenos Aires querido. Mi tío Ismael, uno de los personajes de mi libro, escribió durante casi veinte años sin pensar en publicar; claro, él era un poco masoquista, pero…
―¿Entonces sólo son válidas las experiencias solitarias, y desesperanzadas, como las del tío Ismael?
―¡No tanto! Creo que hay gente, sobre todo gente joven que trabaja con alguna cautela y que pretende partir de lo que ya no debe hacerse. El elemento desencadenante de la gran baratura que amenaza sepultarnos en papel, es ese lector multitudinario que inventaron los sociólogos sin empleo.
―¿Y qué hay del mentado “boom” de la literatura latinoamericana?
―Es ese otro invento donde parece que se terminaron los adjetivos de la crítica semi-especializada que tenemos. Por ejemplo, ahora están buscando transformar a Rulfo, un cuentista que nos aburría bastante hace diez años, en la contrapartida de los grandes promocionados. Sin embargo no hay grandes diferencias; lo que sí hay es una enorme vejez europea y, como ha sido siempre, confusionistas y personas inteligentes. En general el “boom” no ofrece un solo encuentro estético (ni siquiera hablar de una poética) de dos escritores que marchen hacia respirar un aire menos conocido. Siguen sobreviviendo sin molestarse mucho todos los esquemas trasnochados, desde el novelón sociológico hasta el destrabalenguas, lo modernoso y lo densísimo.
―¿De lo que se desprendería que la mayor parte de lo que aparece editado carecería de valor?
―¿Qué quiere decir valor? Convengamos que el valor en sí, el culterano, lo dan los profesores y periodistas de todas las edades. Yo hablo como un tipo apasionado por lo que hace y por lo tanto arbitrario. Cuando uno quiere algo, conocer y convencerme a través de la escritura, cuando lo quiere todo el tiempo, no pide ni da cuartel; y tampoco lo merece. Yo quiero encontrar casi todos los días el libro, la voz de un hombre, que me convoque, que me desubique los esquemas, que me pida cosas, que me obligue a participar, a confundirme, a cumplir un ciclo en su lectura. Por lo general encuentro nada más que historias, mujeres que hablan, idiotas que hablan, paralíticos que hablan, cañeros que hablan, bobos que hablan, monólogos interiores de oficinistas, historias ajenas, historias chismosas, niñitos que hablan, papel, tinta.
―¿Qué opina el novelista Sánchez del último libro del novelista Cortázar?
―Después de aquellas cien páginas de Rayuela, donde por primera vez un prosista argentino parecía relacionarse con la poesía, sigo esperando con el corazón en la boca y me resisto a aceptar que sus tres últimos libros tengan que ver con Morelli. 62 es un enorme silencio.
―¿Es cierto que prepara su partida?
―Tan cierto como la flauta.

―¿Tiene que ver con una beca?
―Sí. Pero sin beca igual me mandaría mudar. Una ciudad es un lugar con humo más o menos negro habitado por gente que camina y camina. Ni viene otra agua ni el río ni nada cambia. A lo sumo, cuando dicha ciudad envejece del todo en uno es porque ha llegado el momento de no reprocharle nada a nadie y pisar las valijas.
―¿Quiere decir que esta vez no hay regreso?
―Eso. De Estados Unidos me voy a Londres por algunos años, como para cumplir con una vieja aspiración libresca de mi tío Ismael que casi va a allá por unos tres meses antes de su suicidio.
―¿Algo más?
―Sí, que ahora han empezado a manosear a los poquísimos viejos entrañables que nos quedan, como por ejemplo Juan L. Ortiz, cosa que me parece absolutamente pornográfica. 

Fuente: Revista ARTiempo nº 5. Revista mensual de arte y espectáculos. Buenos Aires, marzo 1969. Gentileza de Federico Barea y su súperarchivo.

lunes, octubre 10, 2016

Los hijos de la guerra fría y el subdesarrollo

Al diseñar una obra narrativa en cuadros para sostener un personaje, "Juanito" lleva a Berni a una apropiación del método de la historieta. Aquí también aplica estrategias del arte alto para sumergirse en las profundidades lacustres (Laguna) de la cultura popular. Por extraño que parezca, el mundo de la guerra fría genera una reacción telúrica que empuja a la creación de héroes niños. Así como Berni va dando forma a su criatura, en el otro extremo del mundo, sobre el filo de los años cincuenta, aparece Tetsuwan Atom, el chico atómico que Occidente conoce como "Astroboy". Es la obra mayor del dibujante japonés Osamu Tezuka, que impone en esos ojos demasiado grandes la agenda estética del manga, la revolucionaria historieta japonesa. Tetsuwan Atom, que debió haberse traducido como "Atom Boy" y no como el Astroboy que fue, debía su nombre a los residuos nucleares, a la masacre en vida de las víctimas de Hiroshima. Pero en el ánimo de Tezuka estaba la creación de una utopía tecnológica pacifista, de un neorrealismo para pasado mañana que en el subdesarrollo del desarrollismo que es el pathos de Juanito se vuelve distopía.
La planta nuclear es para Astoboy lo que la villa es para Juanto y el mundo los conocerá, en distintos ámbitos, hacia 1963. El programa de la ciencia ficción, la idea de aunar carnalidad y cibernética, que Tezuka hereda de Fritz Lang para llevar a una dimensión Disney, tiene su relato extremo justamente en el personaje villero que pinta o pega Berni.
¿Dónde si no en ese amasijo de chapas oxidadas, desperdicios del capitalismo industrial y niñez abandonada se da esa confluencia? En los collages de Berni sí que hay una yuxtaposición del hombre y la máquina, de los restos de la máquina social y de los hombres que la habitan. La metamorfosis se diría que es ahí terminal.
Y para una enorme parte de Latinoamérica ese será el futuro, mitologema básico de la sci-fi.
De esa culpa social e individual frente al mísero show extramuros pareciera haberse alimentado también otro personaje contemporáneo y argentino como el "Hijitus" de Manuel García Ferré. En el principio, 1952, es un observador secundario en la ficcional Villa Leoncia que luego adquiere vuelo propoio. En esencia se trata de un chico de contornos andrajosos redimido a la categoría de héroe por el poder trasmutador de su sombrero. Como a Juanito, al Hijitus de Garcia Ferré le toca vivir en un caño. No es un dato que se escapa del fantasma que captura Berni: durante el gobierno de Frondizi, se impone una línea de casa prefabricada en metal que se conoce con el contundente nombre de "medios caños".
Juanito, de todos modos, se proyecta más allá del entretenimiento. Es un fetiche andrajoso de barricada: listo para volverse como un borde filoso contra el mundo que lo generó.

García, Fernando (2005). Los ojos. Vida y pasión de Antonio Berni, Buenos Aires, Planeta, pp. 230-231.

miércoles, septiembre 28, 2016

¿Quién conoce a Marcelo Fox? Tres perfiles

Como escribía en un post anterior, muy poca es la información que se puede encontrar en la web (pero también fuera de esta) sobre el escritor Marcelo Fox (más allá de algunas menciones esporádicas en entrevistas a Laiseca y Fogwill, que se cansaron de recomendar Invitación a la masacre pero que poco ampliaron sobre su autor o sobre la obra recomendada). 
Sin embargo, en un recorrido por algunas páginas como el blog Inmaculada decepción, administrado por Hugo Vera Miranda, y la revista Lafarium, dirigida por Diego Arandojo, se pueden leer tres perfiles que transmiten el halo de excentricidad y misterio que rodeaba al autor de Invitación a la masacre (1965) y Señal de fuego (1968). En otro post, compartiré la presentación y el fragmento que Juan Jacobo Bajarlía propuso para su antología Canto a la destrucción (Ediciones Puma, 1968), en la que recopiló a Fox. Vayan pues estas semblanzas escritas por Yoel Novoa, Bajarlía y Poni Micharvegas para reconstruir al menos lateralmente quién fue Marcelo Fox.

1.



Marcelo Fox como autor está olvidado, sin embargo su Invitación a la masacre cuando aparece por Internet, no baja de los 100 dólares.
Lo conocí como “el gordo Fox” y lo leí cuando Opium lo incluía en sus ediciones. Creo que jamás crucé una palabra con él, pero éramos ingredientes de una misma sopa: nos convocaba el Di Tella, el viejo bar “Moderno” y las fiestas que por mediados de los sesenta sucedían en Buenos Aires y sus alrededores, donde casi mágicamente aparecíamos los mismos, la mayoría de las veces sin ser invitados y éramos recibidos como dioses. Esas “fiestas” fueron únicas. Viajando nunca vi algo semejante y cuando volví en el 78, todo eso había muerto.
Fox era un gordo abotargado, grandote, marítimo, que plantaba su presencia como un Buda indiferente. La mayoría de la fauna artística de entonces, decía de él: “Es un nazi de mierda”. Cuando le preguntaron a los de Opium porqué lo publicaban (Opium, una revista postulada anarquista), contestaron “Porque escribe bien”.
Con el pasar del tiempo Fox era cada día más grande y gordo. Se sabía que biológicamente era prácticamente un niño, no sé si habría superado los 20 mientras se inflaba majestuosamente.
Prácticamente nadie le daba pelota. Ese prestigio lo obtuvo luego que Falbo Editores publicara Invitación a la masacre. Pero Fox no se inmutaba, asistía a los lugares del celo y se mostraba.
Si Fox hubiera publicado su libro luego de la experiencia del “Proceso de Reorganización Nacional” en Argentina, el libro hubiera tenido otro peso que el que tuvo. Pero cuando lo publicó, siquiera existían los montoneros.
No soy el indicado para descifrar los vericuetos mentales de Fox, no lo conocí, siempre lo vi de afuera. O sea, todos los que nos veíamos y meneábamos en aquellas fiestas, éramos actores y público, y Fox también, creo, debió llevarse una imagen mía similar.
Durante aquellos días, Fox empezó a aparecer de la mano con una mujer, La Negra, una doctora en letras, artista plástica de la puta madre y hermosa como una pantera. La Negra había sido mujer de Massotta y luego de un período lesbiano se interesó sexualmente por los marginales masculinos. Ahí recaló en Fox.
Entonces Fox adelgazó. Esa mole centenaria en kilos, se convirtió en un esbelto adolescente abrazado a una de las mujeres más importantes de aquella época. Luego las imágenes se esfuman y un día: “¡Fox se mató!”. “¿Cómo?”. “Se suicidó”... No sé si cuando Fox concretó esa maniobra, tendría 22 o 23 años...
 
2.



En la primera carta que Antonin Artaud envío desde Rodez, el 17 de setiembre de 1945, aquél consignaba ya su repulsa por este mundo ordenado por el terror. Rimbaud, mucho antes, en su carta a Paul Demeny, de 1871, también arremetía contra el orden que impedía la creación poética. Marcelo Fox siguió estas huellas. Creyó en la destrucción para restablecer el reinado del amor y la justicia. O como dirá en Invitación a la masacre (1965), su primer libro: “Buscamos la Esencialidad a través de la destrucción”, esta significación aparecerá después en uno de los aforismos de su Señal de fuego (1968): “Un nuevo orden para sembrar el Desorden; inaugurar las fiestas de la Resurrección”.
En 1967 vino a verme. No nos conocíamos. Marcelo Fox, alto, cara redonda, ojos castaños y el cabello en desorden, sólo hablaba de los estómagos. De las luces que se encienden ante la insipidez y la medianía... Su voz profética, impregnada de lecturas ocultistas, veía el aniquilamiento como ley para instaurar el futuro. El orden mágico para diluir las viejas sombras. El rumor enmohecido de las constelaciones.
Cuando lo antologué en Canto a la destrucción (1968), dije de su peculiar manera de sentir el aniquilamiento: “Este concepto, unido al del amor por los hombres, lo desarrolla Marcelo Fox en Invitación a la masacre. Anuncia la destrucción total. El aniquilamiento que ha de sobrevenir cuando el amor sólo sea una palabra vacía, gastada por el tiempo”.
Poco después una voz no identificada, algún amigo extraterrestre que emergía de las tinieblas, obcecado en no dar su nombre, me dijo telefónicamente: “No lo espere a Marcelo. Se arrojó a las vías del tren”.

3.


Martín “Poni” Micharvegas, colaborador de la revista Opium, nos describe con lujo de detalles a Fox: “Si miro hacia atrás, han pasado 50 anios desde que ‘conosí’ a Marcelo Fox. Hacia 1963, como el resto de muchos muchachos curiosos, un sanfernandino como yo, merodeaba el Centro y sus bares. Acababa mi carrera de médico y quería darle manija a otra inquietud constante que me acompaniaba fiel como mi sombra: la escritura y la poesía. Recorría, por entonces, el Coto Grande, el Paulista, el Estaño, el Ramos, el La Paz y el Moderno, el de la caye Maipú (como aprendí luego en Madrid, en esos cafés se reunía ‘lo mejor de cada familia’!).
Ibas aprendiendo de quién era quién, separando el grano de la paja. Fichábamos y nos fichaban. Mi resiente título de galeno me dio pronto un lugar entre los “taitas pesados”, ya que —quien más, quien menos— necesitaba urgente algún tipo de receta para “subir” o “bajar” o hacerse con un buen antibiótico o polvos DDT, que les curase en un pif-paf las tristes purgasiones. Se garchaba mucho y se era garchado un montón! Me abrían cancha. Y el “artista” que uno creía ser se iba consolidando en base a prescripsiones, duchas, comprimidos, intensiones y espolvoreos terapéuticos. Como supe ser discreto, los/las amigas / amigas venían confiados y segurosd.
A Fox lo asosio siempre a ‘El Poeta’ (como le yamábamos a Reynaldo Mariani, a quien le gustaba escribir su apeyido en minúsculas: mariani). Sobrino del gran cuentista, Roberto Mariani poseía un fuerte perfil bohemio meresidísimo y justificado. Mariani era un frecuentador de la ‘malaria’ (no la enfermedad, sino ese pegoteo maléfico del cual ningún portenio que se presie escapa sin esjuerzos!): nada sale bien, no se pega un buen golpe ni por putas, no salen ni ventas ni negocios y paresiera que todas las pestes humanas se metieran con uno!). Fox era un tipo alto, uno ochentaicinco-uno noventa por lo menos, gordo (y, por periodos, increíblemente flaco o enflaquesido!), fofo y desaliniado, con pelo revuelto y anteojos de culo de lábil, frágil, débil. Esa era la imponente imagen que emanaba de él, sin que se preocupara por presentarse o modificarla de otro modo. Yevaba un halo: era considerado por todos un furibundo ‘nazi’ y no se sabía bien qué hasía en aqueyos ambientes progres, revulsivos, revolusionarios. Ya estamos pisando 1966 y los milicos se aprestan a instalar una nueva dictadura leporina! Marcelo andaba con un cuaderno, que mostraba como al descuido, yeno de esvásticas que él mismo dibujaba y hacia en vós baja gala de que Mein kampf era su libro de cabecera. Todos lo tomaban como un grandulón insolente y provocador, quien quería ‘asustar’ a la plebe con su fantaseo de un ‘mundo mejor, justisiero y limpio de judíos’. Como no habían perdido vigencia las ‘boutades’ ni los ‘pú epatér les buryóis’, y dada y el surrealismo eran objetivos fuertes a alcanzar y la ‘revoluta cultural’ yanqui estaba en marcha y apogeo con sus contestatarios saboteadores y el movimiento jipi, porqué no iba a soportarse a ese ‘Gordo’ seboso que quién te dirá si no tiene razón y talento? Se chismorreaba mucho sobre su obra teatral Las Monjitas Sangrientas, de la que jamás vi representación o edisión en libro alguna. No podemos asignarle a Marcelo Fox que, viviendo en la pampa asfaltada como vivíamos y en la siudá con puerto inmenso y brutal amnesia derivada, tuviéramos los pies en esos boliches ruidosos y las cabesitas, ya en Francia, Inca-La-Perra o los EEUU! También los jerarcas de las FFAA eran, como él, germanófilos al mango y nadie andaba a los gorrasos con ellos por esa afiliasión perversa! Venía de una familia de clase media adinerada (aunque algunos le vincularan a viejos ministros de gobiernos pasados y, por su padre, a la fabricación de asensores que subíbajaban la siudá con ese mismo logotipo: Fox). Guita en los bolsiyos, no le faltaba. Y era magnánimo e invitador, aunque Mariani fuera uno de su ‘clientes’ habituales y, charlando sobre la importancia de esto o de lo otro, El Poeta se garantizaba su buen sánguche de milanesa con tomate y un vasito de vino, que bien podían ser tres. Fox era abstemio. El ‘malditismo’ como épica, era un tema reiterativo en esos paliques y coinsidían con los alaridos de Pound en aqueya jaula impuesta por sus mismos compatriotas en Italia, así como en la novela negra (la policial y la del Monje Lewis). Pura solidaridad entre solitarios? Podría ser... Fox tenía una madre ciega y muy irritada que impedía que Marcelo resibiera, su habitasión que era un escándalo de abandono y susiedad con libros de autores místicos que se empenió en mostrarme, revistas porno venidas de los fríos pueblos del Norte en correos sertificados, envases de drogas sicotrópicas, analgésicas, jarabes, gotas nasales y colirios que contendrían efedrina o algún derivado de la coca y consumidas como estimulantes: recursos de esos anios esperimentales... Lo de la marca del clavo en la frente como punto inisiático, fue suseso real. Su Maestro Esotérico de entonses y quien le dió el martiyaso, era Jalí, El Sol Negro, adversario inquebrantable en la lucha trasendental y cósmica, del mendosino Silo, quien mesclaba las cartas ideológicas con mucha más eficasia que Jalí, primo segundo por su rama De la Serna, de Ernesto ‘Che’ Guevara. Con respecto a su final trágico, resibí esa versión de su distrasión crónica y el posible olvido de estar crusando un paso a nivel prósimo a la estasión Belgrano del ferrocaril Mitre, por donde entonses vivía ya matrimoniado. Se había casado con una muchacha de nombre Graciela o Gabriela, a quien conosíamos del Bar “Los Estudiantes” (Avenida Córdoba, serca de las Facultad de Medicina, del Hospital Clínico y de la de Economía...) y tuvieron un par de ninios. O sea: que no se si aqueya muchacha simpática pero sin mucho atractivo físico para nuestros desencadenados deseos libidinosos, seguirá viva. Tampoco tengo referensias de ningún tipo de sus hijos. La notisia de su ‘suisidio’ cayó como una roca pesada en la barra de bohemios ya trasladados al ‘Bárbaro’, de la caye Reconquista. Fox se habría arrojado a las vías del tren. Otros desconfiaron (El Yeti, Ruy, Quique, La Negra Cuéllar, Yuyo, Rubén, La Flaquita Marité, Duarte, Plank, Mario...) y aseptaron como más que posible la versión del asidente, del tropieso como se dijo sin ironisar, de ese gran talento literario, enfrascado más en si mismo que en la realidad vertiginosa que se yevó por delante”.

lunes, septiembre 12, 2016

"Salas Subirat hizo algo demasiado groso como para que la cultura argentina no tenga ni registro de él": entrevista a Lucas Petersen



Termino asombrado un gran libro sostenido sobre una dedicada y minuciosa investigación: El traductor del Ulises, de Lucas Petersen (Sudamericana, 2016). Con sus virtudes y sus defectos, se trata, sin dudas, de uno de los libros del año y de un ejemplo de obra compleja, trabajada y pensada. Petersen reconstruye la biografía de José Salas Subirat, un vendedor de seguros, hijo de inmigrantes, participante lateral del grupo de Boedo, escritor insistente pero defectuoso y, sobre todo, traductor del Ulises, de James Joyce. La pregunta es clara: ¿cómo? 
El logro del libro de Petersen es rearmar con una exploración del contexto socio-cultural que, por momentos recuerda a Una modernidad periférica, de Sarlo, con la lectura crítica de publicaciones firmadas por Salas Subirat (reseñas, artículos, libros sobre venta de seguros, ficciones, cartas íntimas entre cónyugues, etc.) y con momentos de su vida el camino inexplicable que pudo conducir a un hombre cualquiera a embarcarse en la primera traducción al español del complejísimo libraco de Joyce, frente a traductores profesionales y cenáculos de eruditos, y ¡lograrla! Ese desparpajo, esa confianza, ese esfuerzo se evidencia en las páginas de El traductor del Ulises. Por otro lado, el libro de Petersen se transforma en una análisis de genética textual al no detenerse solo en la hazaña y avanzar en una valoración de la traducción lograda por Salas Subirat y reponer la discusión alrededor de dicho trabajo. No pienso decir muchos más sobre el libro, vale por sí mismo y lo recomiendo fervientemente.
A continuación, van unas preguntas que muy gentilmente respondió Lucas Petersen, autor del gran libro El traductor del Ulises.

Golosina Caníbal: ¿Cómo llegaste a Salas Subirat?

Lucas Petersen: Una vez, en una entrevista en Página/12 por la publicación de Trabajos, Juan José Saer reinvindicaba su figura. Al ver el entusiasmo con que lo hacía, corrí a la biblioteca a ver si el Ulises que me había comprado a un precio irrisorio era el de Salas Subirat. Efectivamente. Desde ahí, me quedó picando el nombre. Años después leí Ulises y, al terminarlo, decidí ver en internet qué se sabía de aquel personaje tan curioso que reivindicaba Saer. Vi que no había casi nada: datos sueltos, a veces contradictorios; una lista de libros inverosímil; ni una foto. Lo que encontré, también, es que era una suerte de mito entre escritores y traductores. A partir de ahí empecé a madurar la idea de que, cuando terminara la facultad, iba a ponerme a buscarlo.

GC: ¿Cómo organizaste la investigación que desembocó en el libro? ¿Cuánto tiempo te llevó la organización del material, la redacción de la bio, el contraste entre los materiales de traducción?

LP: En total, desde que empecé a investigar (es decir, al día siguiente de entregar la tesina en la facultad) y la entrega de la última versión del libro (hubo al menos cinco), pasaron seis años. El primer año estuvo solo dedicado a ver si encontraba a algún familiar. El apellido que legó a sus hijos era Salas, por lo que buscaba en un universo de… decenas de miles de personas. Si no los encontraba, no iba a avanzar con el resto. Lo primero en lo que avancé una vez que los encontré fue en su trayectoria en Boedo, dada la accesibilidad de materiales sobre el tema. El resto de la investigación no tuvo un orden prestablecido, ni precedió a la escritura. Fue un trabajo hormiga: cada pista que aparecía en las cartas, en sus libros, en los materiales que conserva su familia y que me podía remitir a otra cosa, por minúscula que fuera, era seguida meticulosamente. Como estas pistas podían ser de cualquier momento de su vida, no hubo un orden específico. El contraste fue simplemente una relectura comparada. No recuerdo cuánto llevó porque tuvo algo de recreativo.

GC: ¿Cómo decidiste el estilo y la estructura de El traductor del Ulises? ¿Tuviste otros libros o textos como modelo?

LP: El estilo, digamos, no se decide demasiado. Tengo una formación periodística (no sólo gráfica, sino especialmente de radio), lo que me conduce casi naturalmente a esforzarme por ser transparente, sin resignar ni complejidad en las ideas ni en el léxico. Lo mismo que siempre traté de hacer, en gráfica y radio. Suena un poco grandilocuente, pero si hubo algún programa de escritura fue algo parecido a eso. En cuanto a lo otro, no soy gran lector de biografías. Te diría que las pocas que leí me influyeron decisivamente. Richard Ellmann, desde ya, por su ambición totalizadora. Timerman, de Mochkofsky, por la forma en que enlaza personaje y época. Piazzolla, de Fischerman y Gilbert, por el enfoque ensayístico del músico, sus fuentes y su inserción en el contexto. También las biografías de músicos de Sergio Pujol, especialmente la de Yupanqui. Tené en cuenta que vengo del periodismo musical.

GC: ¿Se te presentaron dificultades a la hora de reponer datos o libros en la vida de Salas Subirat? ¿Cuáles?

LP: Los libros de Salas Subirat están casi todos en la Biblioteca Nacional (o todos: sospecho que los que no están es porque finalmente no se editaron). En cuanto a los datos, las dificultades fueron muchas. Como sabe cualquier investigador, la falta de cuidado en los archivos hizo que todo esté muy desperdigado (una revista acá, un libro allá, imposibilidad de acceder a los archivos de los diarios si no se tiene una fecha precisa). Y mucho se hacía a ciegas: ir a buscar a ver si en tal libro, tal revista, tal periódico aparecía algo. Ayudó mucho internet, donde uno encuentra pistas a lo loco si busca realmente en profundidad.

GC: ¿Por qué rescatar la obra y vida de Salas Subirat? ¿Qué importancia le das al contexto cultural en el que se inserta Salas Subirat para la realización de su increíble tarea?

LP: En principio, porque es interesante, atractiva, increíble, inverosímil, lo que se te ocurra. Es una vida, literalmente, de novela y no hay nada más movilizador que contar una buena historia. En segundo lugar, como digo en la "Introducción", porque es una forma de reivindicar a toda una generación que ha sido bastante ridiculizada, pero sobre todo muy incomprendida. En tercer lugar, por lo que realmente empecé: porque hizo algo demasiado groso como para que la cultura argentina no tenga ni registro de él.
En cuanto al contexto, ocurre lo de siempre: individuo y contexto se condicionan mutuamente en una relación repleta de tensiones. Contexto, por otra parte, es una palabra demasiado general como para responder, digamos. Pero vengo de las ciencias sociales, insisto, y me cuesta ver a un individuo –incluso una personalidad tan fuerte, como la de Salas Subirat- actuando aislado. Él actúa a partir de ciertas condiciones, pero también lo hace en contra de otras. “Yo soy yo”, diría Ortega, “y tu circunstancia”, agregaría Gasset.

GC: ¿Vale la pena reeditar algo más de este autor, además de su mítica traducción?

LP: Lamentablemente, creo que no. Sus libros de seguros se reeditaron en México hasta los años 80. Hoy ya perdieron vigencia. En cuanto a su producción literaria, diría que nada. Podría ingresar en alguna antología de carácter testimonial, pero cuando uno lee sus obras no puede más que pensarlas como puro pasado, como inscriptas en una estética y una ética que nos resulta ya demasiado ajena. Sí tiene una novela inédita que tiene algún pasaje simpático (meramente aceptable, digamos), pero que imagino más en una historieta que como libro.

GC: ¿Estás trabajando en nuevos proyectos de escritura o de investigación?

LP: Y… algo hay, por supuesto. No quiero adelantar mucho porque estoy apenas explorando. Todavía tengo que medir en el terreno de la investigación y la escritura la viabilidad de la idea. Sería un puñado de biografías cortas, pero al lazo que las vincula prefiero mantenerlo en secreto, al menos por un tiempo.
 

Blog Template by YummyLolly.com - Header Image by Vector Jungle