sábado, enero 14, 2017

Mutilación / Adiós, gracias por todo (Marcelo Fox)

Este relato de Marcelo Fox fue publicado en la revista Opium, n° 4, en 1965 y, hace unos meses, recuperado en la genial antología preparada por Federico Barea, Argentina beat (Caja negra, 2016). Su título es "Mutilación". 
Ahora bien, el relato también puede encontrarse en el sitio web del psicólogo Alfredo Moffatt bajo el nombre de "Adiós, gracias por todo" (es la versión que copio más abajo). Moffatt conoció a Fox en uno de los bares de la Manzana Loca y este le regaló una copia del cuento con otro título distinto al publicado en Opium. Dato simplemente curioso.
Se trata de un relato breve, intenso y violento, como casi todo lo que Fox escribió, donde el cuerpo del protagonista se pone en riesgo a través de la palabra autorizada. Léanlo y me cuentan.

Mutilación / Adiós, gracias por todo (Marcelo Fox)

Me corté los labios al afeitarme. La sangre salía. Era dulce. Me gustaba. Después traté que la pequeña herida se cerrara. No lo conseguía. Dormí con un esparadrapo sobre la boca. A la madrugada desperté. La almohada estaba manchada de rojo. Las sábanas. El piso. Miré un espejo. Por la mejilla izquierda se extendían gránulos escarlatas.
Un día u otro habría tenido que suceder. Me lo habían avisado. Una cuestión genética hereditaria, dijeron. Fui al médico.
―Por el momento la única forma de salvación es que le amputemos la cabeza.
―Pero doctor...
―No se preocupe. La ciencia avanza. El cerebro, los ojos y demás centros vitales le serán transplantados a la cavidad abdominal.
Ahora salgo, aunque nada más que de noche, cuando las gentes tienen menos oportunidad de distinguir que sobre mis hombros hay solamente un mazacote de yeso reproduciendo rasgos humanos. Desprendiéndome la camisa puedo ver. Me alimento por el ombligo.
Logro articular sonidos mediante un aparato injertado un poco más arriba. Con algo por el estilo, oigo.
Adaptarse. Resignarse. Una psicóloga me ayuda a ello.
La cosa volvió a comenzar por un pie y una mano del mismo lado. Del mismo lado izquierdo.
Seguir amputando. No veo, no hay otra salida...
―Pero doctor…
―Cálmese hombre, cálmese, considero que el problema técnico de amputar cuatro extremidades es mucho más simple que el de separar una cabeza del tronco y trasladar los órganos de los sentidos a...
―Comprendo, quiero comprender. Está bien... Lo que no entiendo es por qué las cuatro extremidades deben de ser...
―Bueno... Es que total tarde o temprano ... En fin…Usted sabe como son las cosas..
Perdóneme pero hay otros pacientes que... Venga, salga por la puerta trasera.
Casi inmóvil. En un rincón. La psicóloga me habla de los fines de la humanidad, de las consecuencias siempre funestas del pesimismo. Me lee también a Parménides. Y me lo interpreta. Si el ser está inmóvil y el movimiento es mera apariencia, para que preocuparme de inmovilidad. Los habla oído nombrar a Freud, Marx, Hegel, San Lactancia, Nietzche, antes de decidirme por Parménides como más conveniente para mi caso
Lo único que lamento es no poder masturbarme. A veces trato de refregar el miembro contra las paredes. Solo consigo laceraciones. Me pedí que me castraran. Lo hicieron
―Discúlpeme que les cause tantas molestias, es que...
―No. No se preocupe. Nosotros estamos aquí para ayudarlo.
He acabado siendo un cerebro que flota en un líquido de no se qué color. Solo quedan conectados con el exterior mis centros auditivos. Oigo una voz que repite los evangelios. Hablan de la fatuidad del mundo y la carne y de reinos infinitos.
Trato. Debo de estar contento. Se ocupan de mí hasta el fin. En el lóbulo occipital ya empiezo a sentir los síntomas conocidos. Adiós. Gracias por todo.

lunes, diciembre 26, 2016

La culpa no es del chancho...: Katchadjian, Kodama y la ley de propiedad intelectual

El año pasado, a raíz del procesamiento del escritor Pablo Katchadjian por su libro El Aleph engordado, publicamos esta nota con un grupo de investigación sobre propiedad intelectual en la Argentina. La recupero porque Katchadjian fue nuevamente atrapado en un proceso judicial, porque sigo leyendo textos donde se olvidan de que Kodama hace todo lo que hace no solo por ser la viuda maligna sino porque la ley se lo permite y, por último, porque salió en la extinta Ni a palos y es muy probabla que en algún tiempo su dominio web desaparezca también. En fin, se trata simplemente de una serie de problemas e interrogantes para discutir a partir del caso Katchadjian-Borges-Kodama.

La culpa no es del chancho…: Katchadjian, Kodama y la ley de propiedad intelectual

Por Carla Actis Caporale, Evelin Heidel, Ezequiel Acuña, Guido Gamba y Matías Raia*

Quizás uno de los aspectos más interesantes del caso de la viuda de Borges, María Kodama, vs. Pablo Katchadjian es que se cruzan diferentes disyuntivas que lo vuelven más intrincado. A fin de cuentas, la Argentina es un “país de abogados”, como señaló oportunamente el crítico literario y docente universitario Jorge Panesi el pasado 3 de julio en la Biblioteca Nacional. Y es que en este caso como en otros, más vale no perderlo de vista, la ley se mete con la literatura.
Lo delicado de este contexto nos empuja, entonces, a citar aunque sea una alocución latina para ver si así nos arrimamos al espacio sagrado de la ley, más no sea de costadito: “Todos los caminos conducen a Roma”. Nuestra Roma en este caso tiene unas coordenadas numéricas muy claras: 11723. Y si dará de comer la Ley Régimen de Propiedad Intelectual 11723.
Buena parte de las reacciones frente a este tema tiene que ver con la originalidad o no de la obra de Katchadjian. De un lado, El Aleph engordado no merece el título de obra original sino que se trataría de una especie de “usurpación” espuria del renombre de Borges -donde P. K. vendría a ser un okupa literario que, en un gesto de mala fe, se cuelga de su firma como si nadie se diese cuenta. El abogado de los derechos borgeanos, Fernando Soto, explica: “¿Cuál es el texto de él y cuál el de Borges? Si no te das cuenta, mejor para él, porque por ahí se creen que escribe como Borges…”. Creer o querer ser Borges y “usurpar” su nombre son los problemas principales en esta instancia. Este es el presunto plagio.
Del otro lado, en cambio, el libro de Katchadjian es simplemente una obra que, en su discurrir, incorpora textos ajenos como parte de una expresión artística original y, dirán sus editores y amigos, también propia. Se asemeja, claro, al gesto que Marcel Duchamp realizara en su intervención de la Gioconda hacia 1919: una expresión artística original que implica el agregado de elementos a una obra ya existente. Así lo explica el novelista y abogado Ricardo Strafacce: “Este procedimiento está en el marco de una gran tradición de la literatura y del arte contemporáneo. Y pusimos varios ejemplos, el más paradigmático es La Gioconda con bigotes de Duchamp y ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ de Borges”. No hay plagio, entonces: hay intervención. Un gesto no contemplado por una la ley 11723 sancionada en el año 1933: un instrumento legal desactualizado, que no puede dar cuenta de fenómenos tan viejos como el collage o recientes como el mash-up. No interesa si Katchadjian quiso o no quiso ponerse a la sombra de Borges. Tampoco están en discusión cuestiones de gusto o valor. Lo que se discute en todo caso es si los artistas tienen o no la libertad creativa para realizar este tipo de gestos.
Así y todo, coincidiendo en que El Aleph engordado es la puesta en juego de un procedimiento literario, reivindicar la propiedad de P. K. sobre El Aleph engordado tampoco parecería ser la solución: cuestionar la propiedad con más propiedad o el copyright enarbolando las banderas del copyright se vuelve fácilmente un tiro por la culata. ¿Acaso si alguien interviniera Qué hacer, de Pablo Katchadjian, no existiría legalmente la posibilidad de llevar el gesto a tribunales? ¿La libertad creativa debe depender de la buena fe de los autores o de los herederos que decidirán no apelar a la ley? Ahí hay otra discusión por dar y no se resuelve con la insistencia en la propiedad que debemos cercar.
Por otro lado, el último fallo en contra de P. K. realiza un gesto particular. Hace especial hincapié en el carácter irreverente o irrespetuoso de la intervención: una obra deformada. La viuda Kodama lo dice más claro: “Se mete en una obra ajena, en un plagio irreverente para deformarla: no lo voy a permitir”. Es decir, el problema no pasa por el perjuicio económico -que no existió-, si no por la modificación “irrespetuosa” de la obra de Borges.
Tal como se supo cuando este litigio recién empezaba: según la viuda defensora, si Katchadjian hubiera pedido disculpas, nada de esto habría tenido lugar. Kodama, la pobre viuda o la viuda pobre, es la encargada por ley -pero sobre todo por unción agónica del autor- de custodiar los puntos y las comas de la obra borgeana. En este sentido, detrás de la discusión legal y editorial, volvemos a la discusión literaria: el texto es inmodificable porque el autor, como la ley del padre, así lo quiso; Kodama, madre adoptiva ella, velará por sus sueños. Como dice el fallo revocatorio, Katchadjian “bastardeó” al cuento: lo volvió bastardo, se lo arrebató a su padre al no mencionarlo en tapa (pero sí en el interior del libro). Clásico: la viuda pobre y los huérfanos apropiados a quienes la ley 11723 debe proteger; a quienes debe devolver la integridad y el honor. El gran problema de la discusión no son los derechos patrimoniales sobre la obra, sino los derechos morales; esos mismos que hoy por hoy se borronean en un contexto de crisis profunda de la noción de autoría y de los alcances de la libertad de expresión.
De todos modos, Kodama no es más que un epifenómeno. Coincidamos en que hay miseria e incluso contradicción con los planteos borgeanos en el gesto de Kodama de perseguir a un autor que jugó con “El Aleph”. Hecho. Ahora bien, ¿quién la habilita a esa persecución? ¿Qué talismán le da el poder a la bruja mala?
Kodama es puro síntoma de una ley que da lugar al capricho de los herederos de ciertos autores por 70 años. Se sabe: la obra de Roberto Arlt, la de Juan José Soiza Reilly e, incluso, en otros países, la de James Joyce han sufrido los mismos accesos de defensa del honor de viudas, hijos e hijas del autor. Pero la culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer: ¿Por qué no podemos permitirnos, hoy, discutir casos de abuso de los herederos? ¿En qué punto ese poder conferido durante 70 años no restringe el desarrollo libre y el acceso a la cultura? Ahí hay otra otra discusión por dar. El caso de Katchadjian no es una excepción a la regla, es su aplicación más celosa. ¿Qué pasará el día en que un autor sufra un proceso similar al de Katchadjian y no tenga a su alcance la Biblioteca Nacional o las Cartas abiertas?

¿Y entonces?

Y entonces el problema no es la viuda o la calidad de la intervención: el problema es la ley. A Kodama todos le estamos haciendo un favor cuando perdemos de vista el eje de la discusión. Es ridículo pedir permiso para intervenir un texto ajeno. Es ridículo que tengamos que esperar 70 años después de la muerte del autor para usar o acceder con libertad irrestricta a su obra. Si el resultado de un texto experimental es bueno o malo, no importa; si los jueces leyeron o no leyeron la obra para apreciar o denostar su procedimiento, tampoco interesa. Lo que sí importa, al menos, es que este litigio tuvo lugar (y que otros similares lo tendrán). La ley sí exime a las “fanfarrias” y regula la circulación de “folletines”, pero para la intervención artística hay que pedir permiso o corremos el peligro de pagar un embargo de $80.000 o la amenaza virtual de la prisión.
Recién en 2056 Borges entrará en dominio público. Recién a partir de ese momento, como bien sabe Kodama, su obra estará a disposición de todos y todas. Hasta entonces, la ley le da las siete llaves del cofre a su viuda; hasta entonces, la sombra de una norma de 1933 se proyecta sobre escritores y lectores que se acercan a la obra borgeana; hasta entonces, esperaremos pero no sin iniciar las discusiones necesarias. Como escribió el maestro: “Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.

*Equipo de investigación (PRI) “Historia de la propiedad intelectual” – Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires - derechodeautor.org.ar

sábado, diciembre 24, 2016

Agárrenmen los paquetitos: Cazador en la navidad del 97

En diciembre de 1997, se publica un anuario de motivo navideño del comic argentino Cazador. Entre las historias que componen el número, que como siempre abundan en guarangadas, mierda, sangre, violencia y sexo chabacano, elijo esta dibujada y guionada por Fer Calvi. Ojalá los entretenga y les haga rememorar este comic genial sobre el que bien se podría volver para pensar algunas relaciones entre historieta, historia y política. Felicidades!

martes, diciembre 06, 2016

Los mendigos (Tulio Carella)

Gracias a la ayuda de mi amigo Lucas M. recupero este poema de Tulio Carella titulado Los mendigos. Se publicó en un librito de tirada limitada de 1954, firmado por Carella y el artista Raúl Veroni (actualmente se vende a un precio desorbitado y es difícil de encontrar). Es tan bueno que sobran las palabras. Disfruten.

Quid tamen expectant, Phrygio quos tempus erat
iam more superuacuam cultris abrumpere carnem?
Juvenal, Sat. II

Los mendigos transitan día y noche
por la deshabitada inmensidad
del sexo indiferente.

Este cuenco de manos insaciadas,
insaciables, ansiosas,
que busca en la entrepierna de los vientos
el cerúleo desecho del orgasmo;
este cuenco ofrecido a cada instante
para llenarse con la turbia espera
y con la turbia espera;
este cuenco solícito, sudado,
ardiendo por la tea encarnizada,
cuenco siempre vacío, porque pide
la fuerza que se gasta por sí misma
en su propio ejercicio acompasado.

Los mendigos transitan noche y día
por la deshabitada inmensidad
del enemigo sexo.
En tropel anhelante se declaran
por caminos y plazas y cloacas,
y ensenadas remotas de la escoria,
contra los senos duros de la noche:
allí tropiezan con la carne tensa
—el coral y el marfil de ardiente caño
de donde escancian el licor siniestro.

Los mendigos se acercan tumultuosos,
invaden la ciudad.
Vienen del pozo donde reina el hambre
—hambre de clavel duro—
pozo insomne, sin ángeles ni estrellas.
Estos mendigos que parecen hombres
y ostentan un bigote inoportuno
y pantalones y corbatas tristes,
son mujeres que el sexo han recobrado
en el umbral paterno:
la refractaria vestimenta errada
no duele ya en sus vidas.

Aúllan y suplican, exhibiendo
las carnes en suplicios femeninos
(si: cejas depiladas, colorete,
perfumes incitantes,
invisible el corsé, la falda ausente
envolviendo al mendigo en su ropaje
legítimo, legítimo).
Su gemido lastima las braguetas
y ni la miel ni el vino los consuela:
pocas veces consiguen
el racimo embriagado con sus uvas.

¡Oh, paso enardecido de la hembra,
oh, risa que penetra en los sobacos,
mientras se abre de piernas el crepúsculo!
¡Oh, embriaguez de bacantes
que se esconde en el hueco más remoto
para imitar pudores de doncella
mientras la tarde se recuesta y llora!
¡Qué ardor invulnerable se desata
en esa carne indócil, no fecunda!
¡Qué fuego se alza y gime
y reclama otra carne más secreta!
Suplicio de vinagre que corroe,
incendio inextinguible que no arde,
y compás que procura el equilibrio
en jadeo, sudor y llanto dulce.

¡Y cómo se retuercen los mendigos
implorando la piel que no los calma,
el olor de los cuerpos deslumbrados,
la caricia con porte de neblina,
el tímido placer,
la mirada de amor incandescente!

Los mendigos se emboscan
en los hondos recodos de la sombra,
e imploran a los padres de los vicios
el gusto ignominioso del deleite.
Por las calles indagan, desgarrados,
se asoman a los cuerpos, sin recato,
observan la algazara de las ingles
y piden esponsales fugitivos.
¡Qué rosas tristes su camino agosta!
¡qué indignación sensata
despiertan en los cuerpos reclamados
para gozar del estallido sumo!

Poderosos señores con su cuenco
mendigan al obrero de la carne
—mercaderes que cambian sus lascivias—.
Mendigan periodistas y pintores,
empleados y frailes y ministros,
y el pobre con su gracia picaresca.
Trafican con dinero, con pasión,
con la esperanza que se yergue inmóvil
en el centro celeste de sus seres,
y un sólo afán los acompasa: el ritmo
silencioso que exigen
a Venus en la arena del deseo.

Hay también los mendigos subrepticios
que accionan con el cuerpo interrogante,
o acercan la furtiva mano helada
al cuerpo inaccesible,
o piden desde lejos, temerosos,
con ojos transitorios.
Y aquellos fariseos, embozados,
que empuñan sus mujeres y en secreto
el frenesí prohibido solicitan
y en el solaz viscoso, solitarios,
agotan a gendarmes y lacayos.

Por negros prados los mendigos crecen,
por terrazas de llanto se revelan,
por playas lentas se decoran de algas
y por asfaltos y cornisas vuelan
y bordan en la brisa sus anémonas.
Envidian a Julieta y aún a Ofelia
en la pálida orilla de la muerte,
y a Desdémona amada
por el celo asfixiante del marido,
y a la mucama con preñez reciente,
y a las mujeres que se pierden, hoscas,
por el hombre indudable.

Sus telarañas por las calles tejen
los mendigos y acechan
al atleta de torso sobrehumano,
al boxeador con llamas en el golpe;
buscan el muslo ardido del ciclista,
el cuerpo soñador de los muchachos,
del rústico dormido,
del viajero en los trenes negligentes
y todo pantalón con sexo propio.
La tiniebla del cine los ampara
y el marinero, el soldado, el provinciano,
el esposo imprudente o fugitivo,
el inocente joven con su fuego,
el novio apasionado en los zaguanes,
con fiebre desdeñosa les responden
a veces, otorgando negligentes,
la calavera de la flor abierta
para el polen nupcial de una quimera.

Agazapados los mendigos piden.
En vano, amor, en vano te reclaman;
te ocultas al pedido del durazno
y al corazón que se derrite siempre:
el fuego serpentino que ilumina y
aproxima los cuerpos a los cuerpos
llevándolos al cielo y a la estrella,
los despierta en el lodo inextinguible.

Si: los mendigos de sinuoso andar
en las corolas de la sombra piden,
inclinan la testuz,
se arrodillan al monstruo apetecido,
sagrado monstruo que los preña de odio
con el líquido amargo del error
y les deja en la lengua gusto a infierno.

El estéril bajío ya inundado
por las salobres aguas del amor,
no se calma: es la espuela que lacera
y otra vez los empuja hacia el camino,
a la deshabitada inmensidad
del sexo indiferente,
con los cuerpos abiertos de codicia.
Y la invisible cola de sus trajes
de novias inmutables
con paso remolón o paso esquivo
arrastran falsamente pudorosos,
mostrando la mujer que se dibuja
en el perfil —angustia— del deseo.

tendebantque manus ripae ulterioris amore.
Virgilio

Referencia: Ediciones del Agua (Francisco A. Colombo editor), Buenos Aires, 1954.

jueves, noviembre 24, 2016

Tabla de resentidos


Yo le doy importancia a esas cosas: las comas, los acentos o los puntos pueden hacer una gran diferencia. Las comillas también. En el cuaderno de notas repaso cada frase que escribo, luego corrijo. Prefiero el cuaderno al idioma de las señas. La mímica de los sordomudos me repugna. Hace años hice una lista con las cosas que me asqueaban, pero después me di cuenta de que lo que había hecho era una tabla de resentidos, con varias escalas según la falla, y la titulé igual: “Tabla de Resentidos”. La anoto en presente porque creo que sigue teniendo importancia: el primer lugar es para los rengos, no hay nada más atravesado que un rengo. Son irrecuperables. Después están los petisos, que tapan el resentimiento con prepotencia y soberbia. Siguen los sordos, que tienen un resentimiento disimulado en el mal humor; a continuación vienen los sordomudos, un poco menos infames porque el resentimiento lo disimulan entre varios. Si uno les presta atención va a notar que los sordomudos casi siempre andan en grupo, por eso parecen más llevaderos. Pero hay que desconfiarles, llevaderos en plural es palabra peligrosa. Los resentidos del quinto lugar son los paralíticos, que se hacen los amables pero son controladores y dominantes, de lo peor. Siguen los ciegos. Se manifiestan cálidos y babosos, pero siempre traicioneros. Un baboso que no ve es doblemente baboso. A los mancos de nacimiento nunca los anoté porque es una variedad rara, pero yo conocí a uno con el brazo esmirriado y reseco que era puro rencor. Robertito se llamaba, aunque al diminutivo se lo pusimos por temor. El miedo se vale de los diminutivos. Después vienen los tuertos, son los más difíciles porque escasean. A los tuertos la maldad resentida se Ies va en soberbia, nunca supe por qué. La escala de resentidos funciona si no hay lástima; si uno le pone un poco de lástima, se viene abajo. No sirve. En los cuadernos yo anoto estas cosas para no tenerme lástima. En los mudos solos me anoté yo: Rolando puse y nada más. Algunos cuadernos son más importantes que otros.
En Báñez, Gabriel (2008), La cisura de Rolando, Buenos Aires, El Ateneo, pp. 12-14.

viernes, noviembre 04, 2016

La larga noche de Francisco Sanctis en el cine

En este blog hemos insistido varias veces en el nombre de Humberto Costantini y su obra. Por lo tanto, la adaptación cinematográfica de su novela La larga noche de Francisco Sanctis es un motivo de atención y difusión. Copio la gacetilla e invito a leer la novela de Costantini (aunque quizás no alcanza a De dioses, hombrecitos y policías) y a mirar la película.


Pensar con las manos p r e s e n t a

LA LARGA NOCHE
DE FRANCISCO SANCTIS
una película de
Andrea Testa y Francisco Márquez


Seleccionada para Un Certain Regard del Festival de Cannes 2016 (11 al 22 de mayo)

En competencia internacional del BAFICI 2016

SINOPSIS:
Francisco Sanctis (45), un hombre sin compromiso político, recibe en plena dictadura militar la información precisa de dos personas que van a ser secuestradas por el ejército. Esa misma noche Francisco tiene que tomar la decisión: ¿Arriesgará su vida para intentar salvar la de dos desconocidos?

ACTÚAN:
Diego Velázquez, Laura Paredes, Valeria Lois,
Marcelo Subiotto y Rafael Federman.

FUNCIONES:

Viernes 15, a las 21.50hs, en Village Recoleta 09
Sábado 16, a las 16.15hs, en Village Recoleta 09
Lunes 18, a las 20.40hs, en ArteMultiplex Belgrano 1

Trailer de la película, acá

miércoles, octubre 12, 2016

Entrevista a Néstor Sánchez por Reynaldo Mariani en ARTiempo (1969)

Gracias al amigo F. Barea, recupero esta entevista a Néstor Sánchez realizada por el poeta Reynaldo Mariani en la revista ARTiempo en 1969. Como siempre, Sánchez despliega su mirada crítica sobre la literatura y el campo cultural a fines de la década del 60, tras haber terminado Cómico de la lengua y proponiendo de modo conciente una literatura distinta, incómoda, antiliteraria. Que la disfruten!

Néstor Sánchez: Raconto a partir de un solo de flauta

ALGUNAS COSAS DE ESPALDAS A LOS SOCIÓLOGOS SIN EMPLEO

Néstor Sánchez, un libro de cuentos del que no quiere oír hablar, dos novelas (Nosotros dos y Siberia blues, 1966 y 1967, respectivamente), difícilmente olvidables, El libro negro del humor de antología (1968 en colaboración con Dolores Sierra), es un novelista nato y un ser humano con una permanente expresión de sorpresa impresa en el rostro. Una expresión que consigue reflejar toda la enorme capacidad de asombro que Sánchez lleva en su interioridad, y que le permite, de pronto, romper la bolsa de sus silencios y derramar su contenido de enormes risotadas enronquecidas, en medio de la devota lectura de un poema de Cendrars, mientras estalla en un “!Qué bárbaro! ¡Qué bárbaro!” o en uno de sus prolongados “¡Qué maravilla!” ante un solo de los de Coltrane.
Néstor Sánchez, tras desaparecer por nueve meses: (“Estaba escribiendo una novelita”), abre la puerta, entre sorprendido y avergonzado por el olvido de la cita y por un interrumpido ensayo de flauta, amante a la que ahora dedica toda su pasión. Entretanto vigila algo que se fríe en la cocina.
―¿Es que el novelista Sánchez no escribe más, acaso? ¿O se está proponiendo una nueva relación entre las palabras y las notas?
―Es una pregunta que hace dar ganas de tragarse la flauta y pedir perdón. Por ahora no paso de Mozart y algunos diletantes, sobre todo anónimos; sin embargo pienso seriamente en la música como actividad que no quiero abandonar más. Algo así como el festejo interminable de una ley. Y entonces la mayor parte de la literatura que leo me parece condenada a Descartes, me suena a declamación, mentira, etcétera.
―Supimos que está escribiendo una nueva novela.
―Sí. Hace unos veinte días que terminé mi tercera novela que esta vez es larga como las novelas. Entonces me dedico a corregirla: la cuido de día y de noche y la sobo mientras descanso.
―¿Tiene alguna relación con sus libros anteriores?
―Sin haber escrito Nosotros dos y Siberia blues, especialmente esta última, no podría haber escrito éste. Pero la relación casi obsesiva central sigue aproximándose a la búsqueda de lo antiliterario. Quiero decir: procuro escribir a partir de aquello que rechazo como lector interesado, a partir de aquella única cosa que un escritor debe ir aprendiendo y que es lo que no debe hacerse. Claro, además está la necesidad de encontrar un ritmo total en el aliento, una especie de respiración poemática. Pero eso lleva toda la vida.
―¿Qué entiende específicamente por antiliterario?
―Entonces le contesto por la otra punta: toda literatura literaria, todo gesto culterano o pretendidamente ideológico, se nos transforma poco a poco en mentira, en convicción espantosa, en cháchara orgullosa. La literatura literaria, en este sentido, parece no tener límites, tal vez porque cualquiera puede sentarse y escribir de acuerdo con lo que leyó mal, al sentimiento que cree inaugurar, a la pólvora que cree descubrir. Cualquier otra actividad artística requiere una unidad y dedicación que la literatura, por tratarse de palabras, parece obviar. De ahí que todavía se puede asegurar lo que él pensó y lo que ella sentía. Si el acto de la escritura es un acto esencialmente ético, de posible verdad consigo mismo, entonces toda vieja convicción literaria se hace dinosáurica por sí misma, se hace cada día menos soportable.
―¿Cree que lo antiliterario es una tendencia que se está generalizando?
―No sé. Tal vez. Depende del hambre de verdad interior que cada uno encuentra cada día en su Remington. Pero lo que por otra parte sí se está generalizando es la improvisación a toda costa, la gran megalomanía confesional. Declaro aburrirme mucho con casi todo lo que aparece en mi Buenos Aires querido. Mi tío Ismael, uno de los personajes de mi libro, escribió durante casi veinte años sin pensar en publicar; claro, él era un poco masoquista, pero…
―¿Entonces sólo son válidas las experiencias solitarias, y desesperanzadas, como las del tío Ismael?
―¡No tanto! Creo que hay gente, sobre todo gente joven que trabaja con alguna cautela y que pretende partir de lo que ya no debe hacerse. El elemento desencadenante de la gran baratura que amenaza sepultarnos en papel, es ese lector multitudinario que inventaron los sociólogos sin empleo.
―¿Y qué hay del mentado “boom” de la literatura latinoamericana?
―Es ese otro invento donde parece que se terminaron los adjetivos de la crítica semi-especializada que tenemos. Por ejemplo, ahora están buscando transformar a Rulfo, un cuentista que nos aburría bastante hace diez años, en la contrapartida de los grandes promocionados. Sin embargo no hay grandes diferencias; lo que sí hay es una enorme vejez europea y, como ha sido siempre, confusionistas y personas inteligentes. En general el “boom” no ofrece un solo encuentro estético (ni siquiera hablar de una poética) de dos escritores que marchen hacia respirar un aire menos conocido. Siguen sobreviviendo sin molestarse mucho todos los esquemas trasnochados, desde el novelón sociológico hasta el destrabalenguas, lo modernoso y lo densísimo.
―¿De lo que se desprendería que la mayor parte de lo que aparece editado carecería de valor?
―¿Qué quiere decir valor? Convengamos que el valor en sí, el culterano, lo dan los profesores y periodistas de todas las edades. Yo hablo como un tipo apasionado por lo que hace y por lo tanto arbitrario. Cuando uno quiere algo, conocer y convencerme a través de la escritura, cuando lo quiere todo el tiempo, no pide ni da cuartel; y tampoco lo merece. Yo quiero encontrar casi todos los días el libro, la voz de un hombre, que me convoque, que me desubique los esquemas, que me pida cosas, que me obligue a participar, a confundirme, a cumplir un ciclo en su lectura. Por lo general encuentro nada más que historias, mujeres que hablan, idiotas que hablan, paralíticos que hablan, cañeros que hablan, bobos que hablan, monólogos interiores de oficinistas, historias ajenas, historias chismosas, niñitos que hablan, papel, tinta.
―¿Qué opina el novelista Sánchez del último libro del novelista Cortázar?
―Después de aquellas cien páginas de Rayuela, donde por primera vez un prosista argentino parecía relacionarse con la poesía, sigo esperando con el corazón en la boca y me resisto a aceptar que sus tres últimos libros tengan que ver con Morelli. 62 es un enorme silencio.
―¿Es cierto que prepara su partida?
―Tan cierto como la flauta.

―¿Tiene que ver con una beca?
―Sí. Pero sin beca igual me mandaría mudar. Una ciudad es un lugar con humo más o menos negro habitado por gente que camina y camina. Ni viene otra agua ni el río ni nada cambia. A lo sumo, cuando dicha ciudad envejece del todo en uno es porque ha llegado el momento de no reprocharle nada a nadie y pisar las valijas.
―¿Quiere decir que esta vez no hay regreso?
―Eso. De Estados Unidos me voy a Londres por algunos años, como para cumplir con una vieja aspiración libresca de mi tío Ismael que casi va a allá por unos tres meses antes de su suicidio.
―¿Algo más?
―Sí, que ahora han empezado a manosear a los poquísimos viejos entrañables que nos quedan, como por ejemplo Juan L. Ortiz, cosa que me parece absolutamente pornográfica. 

Fuente: Revista ARTiempo nº 5. Revista mensual de arte y espectáculos. Buenos Aires, marzo 1969. Gentileza de Federico Barea y su súperarchivo.
 

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